Policía, juventud y formación policial

Artículo exclusivo para el boletín mensual "Intercambio". Haga clic aquí para suscribirse y ver las ediciones anteriores.

Avances y loqueos en la superación del estigma

Fabiano Dias Monteiro *

Rio de Janeiro, 24 de Julio, 1993, sábado. La ciudad despierta envuelta en una tragedia. En el corazón de la ciudad en la encrucijada de dos de sus calles más concurridas, alrededor de las 01:30 de la madruga, hombres enmascarados que al descender de sus vehículos abrieron fuego contra decenas de jóvenes y niños pequeños que dormían debajo de marquesinas, cerca de la centenaria Iglesia de la Candelaria. El episodio, que pronto fue llamado por los medios de comunicación, "La masacre de la Candelaria", resultó en la muerte de ocho personas, de edades comprendidas entre 11 y 19 años y lesiones de muchos otros.

Los antecedentes del crimen son distorsionados, contradictorios y difusos. Se ha especulado que haya sido un acto de represalia por un hecho de vandalismo cometido por estos mismos jóvenes. Supuestamente habían agredido a los coches de policía con piedras, dos días antes.

Se ha formulado la hipótesis de que la acción haya sido motivación individual, una venganza personal de uno de los policías debido supuestamente a un asalto cometido por los mismos jóvenes a su madre (sic), mientras que pasa a través de la región.
Aunque también existe la posibilidad de que el crimen haya sido encargado por los comerciantes locales. Policías, después de expediente de trabajo, tendrían sido los responsables de la "limpieza" de la zona.

A los efectos de este artículo, no importa qué versión se ha establecido como "verdadera". Este es el caso de que ningún argumento puede ser sostenido como justificación.

El punto principal, sin embargo, para los propósitos actuales es que en todas las historias publicadas por la prensa son policías que desempeñan el papel de verdugos. Las tres versiones de la catástrofe se refieren a un drama  que pone a la policía en el papel de una fuerza abrumadora, truculenta y de "puño fuerte". Los jóvenes, a su vez, incluso (o precisamente por) la situación de pobreza y exclusión (durmiendo bajo marquesinas), aparecen como un elemento de amenaza, riesgo, ambigüedad .

Más que un episodio que marcaría para siempre la historia de Río de Janeiro, sirviendo incluso como factor desencadenante de varias manifestaciones y movimientos de enfrentamiento de la violencia y lucha por la paz el Movimiento Viva Rio sirve como un buen ejemplo, la "Masacre de la Candelaria" abre una cuestión que termina por extrapolar el hecho en sí: la acción policial y la criminalización de la juventud.

Un rápido revisar (con todas las limitaciones que lleva impreso el análisis superficial) a la historia de los estudios sobre la delincuencia en el siglo XX pone de manifiesto la centralidad del tema de la juventud. 

A raíz de la división propuesta por Artiles (2009) las teorías criminológicas se dividirían en tres partes principales.

La primera corresponde a la llamada Escuela Clásica (representado por Bentham y Beccaria), que floreció en la mitad del siglo XVIII, habría heredado los principios de la filosofía política de la época y del siglo anterior. Ganan fuerza en la Escuela Clásica las explicaciones que se encuentran en la motivación individual y en el cálculo racional la fuerza motriz de la delincuencia y del crimen. Es el deseo individual y la búsqueda de la maximización de los beneficios (que podría ser material o simbólico) que explican los actos criminales de un agente consciente y racional.

El crimen, en este sentido, encuentra su explicación en el utilitarismo económico, es decir, en el cálculo del costo de las acciones relacionadas con el costo de la pena. El segundo punto se refiere a la Escuela Positiva, marcada por la suposición de que los estudios relacionados con la acción humana deberían obtener la misma exactitud y el mismo grado de objetividad/previsibilidad que el encontrado en las ciencias exactas. Dentro de este contexto, las explicaciones de carácter eminentemente biológico y aquellas que hablan de la importancia del medio que un sujeto vive para su formación se destacan.
Además de los deseos individuales, racionalmente calculados, la inclinación a la delincuencia tendría motivaciones de carácter congénito, "racial"  y ambiental. El conocimiento de la fisiología humana, sería capaz de probar, en general, la propensión de un individuo o un grupo de la delincuencia.

Es sólo en el tercer momento de la historia de los estudios criminológicos que el tema de la "juventud" aparece en su totalidad. Ahí es cuando las variables sociales son inclusas en el debate sobre la delincuencia y la violencia.

El escenario para este cambio de paradigma en los estudios criminológicos no podía ser más emblemática: Chicago de la década de 1920.

Es precisamente en medio a una atmósfera de inseguridad y desorden causada por la crisis económica y el cuestionamiento acerca del proyecto de civilización del occidente, afectado por el horror de la Primera Guerra Mundial, que la Escuela de Chicago comienza revisión de conceptos en torno de las ideas de crimen y delincuencia.

Las explicaciones volitivas/racionalistas, así como el determinismo biológico, racial y de la influencia del medio, dan paso a las explicaciones guiadas por la organización social del espacio urbano. La influencia del medio (social y no sólo ambiental) sobre la acción humana; las formas de organización de la ciudad y la sensibilidad (o no) a las normas de conducta y regulación, que antes en gran medida se internalizaban como el sendero del interese sociológico en la Escuela de Chicago cuando se trataba del crimen.  Es el sociólogo Robert Merton (1965), que va a proponer una pionera teoría criminológica de sesgo "edad". (Zaluar, 2003)

Según Merton, la segunda generación de inmigrantes en flujo a las regiones urbanas degradadas de los Estado Unidos tendría a convertirse "problemática", dado que sus aspiraciones eran las mismas de un ciudadano norteamericano común. Contrastaban tales aspiraciones de los nuevos inmigrantes, pues la estructura de posibilidades limitada que se les ofrecía, tenía acceso a bienes, servicios y movilidad social dificultados en un sentido amplio.

En términos simples, podríamos considerar el problema así: los padres inmigrantes simplemente no querían, los hijos inmigrantes querían, pero no podían, y por esto practicaban actos delictivos.

Otra cadena de pensamiento, conocida como la teoría de las etiquetas, que fue como una crítica a las ideas anteriormente mencionadas, resalta la capacidad de las instituciones (administrativas, mediáticas, educacionales, jurídicas, etc.) en crear símbolos que condicionan los jóvenes más pobres y los grupos “étnico-raciales” minoritarios (negros, ítalo-americanos, latinos y otros) a las expectativas negativas y la vigilancia constante, aun cuando su rendimiento demuestra la condición de "personas que viven el conflicto de su propia edad." (Zaluar, 2003 p. 19) 

La teoría de las etiquetas revela un aspecto fundamental para la aproximación respecto a la relación policía/juventud, ya que define el juego social como un escenario en que las acciones individuales (e institucionales) son siempre guiadas por la expectativa prévia sobre la acción de aquellos con quienes se está interactuando. Así, cada acción del self es mediada y se convierte en una representación del otro. Tal hecho es comprendido por una "absorción" de aquel con quién se interactúa, por medio del  role-taking, que es la base del pensamiento sociológico conocido como interaccionismo simbólica. (Goldenberg, 2001)

Una obra importante de esta cadena de pensamiento es Representações do Eu na Vida Cotidiana, de Erving Goffman (1959), en que la temática de la representación aparece en matices teatrales. Los individuos literalmente participan de la vida social a través de la dramatización de papeles, que cambian de acuerdo con las circunstancias y de acuerdo con los objetivos concretos deseados en el encuentro con otros individuos.

El interaccionismo simbólico se hace una importante herramienta de análisis en la relación policía/juventud, pues pone el campo de las subjetividades en plan privilegiado. Si existe un acumulo de investigación y de datos acerca del impacto de la truculencia policial sobre los jóvenes, en que se destacan los datos cuantitativos sobre la mortalidad juvenil por armas de fuego (Phebo, 2005; Ramos, 2009), por otro lado, quizás, aun falten estudios más profundizados sobre las representaciones sociales que las instituciones policiales (brasileñas y latinoamericanas) tienen de los jóvenes. 

En este sentido, es urgente que los procesos de socialización y capacitación de la policía tengan en cuenta, con mayor claridad y mayor profundidad, el tema de la juventud, especialmente teniendo en cuenta la desafortunada situación de exposición de los más jóvenes a la violencia y la muerte prematura, que ocurre principalmente a la utilización de armas de fuego.

* Doctorante do PPGSA/UFRJ, Becario del CNPq

Haga clic aquí para leer el artículo completo.

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene como privado y no se muestra públicamente.
CAPTCHA
This question is for testing whether you are a human visitor and to prevent automated spam submissions.
Image CAPTCHA
Copy the characters (respecting upper/lower case) from the image.